
Tengo harina de avena hasta en las cejas. Es sábado por la tarde, la luz de Sevilla ya empieza a caer y el suelo de mi cocina parece una pista de patinaje blanca. Higo y Almendra están sentados junto a la puerta del horno con una intensidad casi hipnótica, vigilando el cristal como si fuera el estreno de una película de acción.
Después del desastre del año pasado, cuando intenté disfrazar a Higo de reno y la diadema no duró ni tres segundos antes de acabar bajo el sofá, he decidido que mi regalo para ellos será algo que de verdad disfruten. Nada de suscripciones caras ni accesorios que les pican; este año tocan 'petlicias' caseras, hechas aquí mismo en el piso, sin conservantes raros.
Por qué me he liado con el horno este fin de semana
Desde mediados de noviembre de 2025 le ando dando vueltas a esto. En el trabajo en la editorial vamos a mil con los cierres de año y hornear galletas para los enanos es mi forma de desconectar. Es un ritual. Me pongo un podcast, saco el rodillo y me olvido de los correos electrónicos.
Lo bueno de hacerlo en casa es que sé exactamente qué llevan. No soy veterinaria, que conste, ni tengo ningún título de nutrición canina, solo soy una dueña que lee mucho y que prefiere no gastarse el presupuesto en premios industriales cargados de azúcar. Eso sí, si vuestro perro tiene alguna alergia rara o problemas de salud, lo suyo es que le preguntéis a vuestro veterinario antes de cambiarles nada en la dieta.

La trampa de las harinas alternativas y el exceso de fibra
Aquí es donde casi meto la pata al principio. Me puse a mirar blogs de estos modernos que recomiendan harinas de garbanzo, de coco o de almendra para todo. Qué va. Al final, después de hablar con gente que sabe, me di cuenta de que el exceso de fibra y almidón de esas harinas alternativas suele causarles problemas digestivos bastante feos.
Para un schnauzer, que a veces tiene el estómago delicado, meterle un chute de harinas pesadas solo por ser 'original' es buscarse un lío de gases y malas digestiones. Yo me quedo con la avena. Es digestiva, barata y se maneja de maravilla. A veces, por querer ser demasiado innovadores con la repostería canina, acabamos dándoles algo que les sienta fatal en lugar de un premio saludable.
Mi regla de oro para estas fiestas es mantenerlo simple. Uso ingredientes que ya tengo en la despensa y que sé que les sientan bien, sin experimentos raros que me obliguen a salir corriendo a la clínica de urgencias en mitad de Nochebuena.
Los números que sí importan en la cocina
Aunque esto es un hobby, hay cosas con las que no juego. Por ejemplo, la temperatura del horno. He descubierto que ponerlo a 175 grados Celsius es el punto dulce. Es la temperatura estándar para deshidratar y hornear galletas de avena sin que se quemen los nutrientes pero asegurándote de que queden crujientes.
Otra cosa que tengo grabada a fuego es el límite de los premios. Los veterinarios suelen decir que los snacks no deben pasar del 10 por ciento de las calorías diarias. Higo es un ansia viva, así que tengo que controlarme yo más que él. Y por supuesto, el chocolate ni olerlo: la toxicidad de la teobromina es real y la cantidad permitida en mis recetas es exactamente 0.
No hace falta ser un genio de las matemáticas para seguir estas pautas, pero te dan una tranquilidad increíble cuando ves a Almendra devorando una estrella de Navidad. Por cierto, a veces mientras espero a que el horno pite, aprovecho para repasar cómo cortar el pelo de la cara a un schnauzer miniatura en casa, que con el calor de la cocina se les riza el flequillo y no ven ni el plato.

El aroma de mi piso en una tarde de diciembre
Si pudiera embotellar el olor de hoy, lo haría. Es ese aroma cálido a canela y puré de manzana horneado llenando mi pequeño piso mientras Higo apoya su barbilla en mi pie, esperando el primer descarte. Es una sensación de hogar que no te da ninguna tienda.
He probado varias combinaciones este mes. La mezcla de calabaza con crema de cacahuete (siempre sin xilitol, ojo con eso que es veneno para ellos) es la ganadora absoluta. La masa queda elástica y es fácil de cortar con las formas de estrellas y abetos que compré en el chino de la esquina.
A veces me complico menos y solo mezclo puré de manzana natural con avena y un pelín de canela. No hace falta más. El secreto está en el tiempo: si las dejas un poquito más en el horno apagado, se quedan bien secas y duran más tiempo en el bote de cristal.
El gran fracaso: las galletas-piedra
No todo han sido éxitos en esta cocina. A mediados de diciembre intenté hacer unas galletas de manzana solo con harina integral y me pasé de cocción. El resultado fue un desastre sonoro: el sonido seco de una galleta de avena golpeando el suelo como si fuera una piedra, demasiado dura incluso para la mandíbula de un schnauzer.
Higo la miró, intentó hincarle el diente, me miró a mí con cara de '¿esto es una broma?' y la dejó allí tirada. Me sentí fatal. Al final tuve que tirarlas todas porque me daba miedo que se partieran un colmillo. De los errores se aprende: ahora controlo mucho más la humedad de la masa y no las dejo en el horno hasta que parecen ladrillos.

Éxito rotundo con las estrellas de Navidad blanditas
Para la tarde de Nochebuena ya tenía la técnica dominada. Hice una tanda de estrellas de Navidad con un toque de miel y yogur natural que quedaron con la textura perfecta: crujientes por fuera pero que se rompen con facilidad. Almendra no paraba de pedir, haciendo ese ruidito que hace ella con la nariz cuando algo le huele a gloria.
Verlos disfrutar de algo que he hecho yo, sabiendo que es sano y que no les va a dar una tarde de diarreas, es la mejor recompensa. Al final, estos ratos de fin de semana son los que me dan la vida. A lo mejor por eso también empecé a coserles ropa este invierno, por esa satisfacción de ver que con tus manos puedes hacerles la vida un poquito más cómoda.
Hacer galletas se ha convertido en mi ritual de cierre de año. Mientras ellos mastican felices su estrella de Navidad, yo me tomo mi café tranquila, sin pensar en informes ni en campañas de marketing. Es el mejor final para una tarde fría.
Cómo guardar las petlicias para que duren
Como no llevan conservantes ni guarradas químicas, estas galletas no aguantan meses en la despensa. Yo las guardo en un bote de cristal hermético que tengo en la encimera. Si están bien secas, aguantan una semana sin problemas, aunque en esta casa con estos dos aspiradores con patas, raro es que lleguen al tercer día.
Una mañana fría de enero, después de Reyes, todavía quedaban un par de abetos en el fondo del bote y estaban perfectos. El truco es que no cojan humedad. Si ves que te han salido muchas, puedes congelar la masa cruda en porciones y hornearlas cuando te apetezca, así siempre tienen premios 'recién hechos'.

Total, que si tenéis un hueco este sábado, animaos. No hace falta ser un experto ni tener una cocina de revista. Con un paquete de avena, un par de manzanas y un poco de paciencia, vuestros perros van a estar más felices que nunca. Y vosotros, entre el olor a canela y el rato de desconexión, vais a dormir como troncos.