Pilar Cárdenas
Higo llegó a casa en enero de 2022, con diez semanas y ninguna intención de negociar quién mandaba en el sofá. Es schnauzer miniatura, sal y pimienta, y desde el primer fin de semana se movió por el piso como si lo hubiera heredado. Almendra vino después, en febrero de 2024, más pequeña y con el pelo más claro. Con el agua no pone pegas. Con el secador de mano tiene una cara que no ha cambiado nunca: pongo el aire al mínimo, la distancia máxima, y aun así me mira como si la hubiera traicionado.
Trabajo entre semana coordinando marketing en una editorial pequeña de Sevilla. Los sábados el cuarto de baño se convierte en otra cosa: alfombrilla antideslizante en la bañera, el champú compartido con el cepillo de raíces en el estante de aluminio, y dos perros esperando turno.
El primer corte serio se lo hice a Higo y salió mal de una forma que se nota en la foto: un lado de la cara con más pelo que el otro, las cejas sin ponerse de acuerdo entre ellas. Se la enseñé a Remedios, mi compañera de despacho en la editorial, que preguntó muy en serio si la cara la tenía torcida de nacimiento. Tardó tres días en darme su opinión completa, como hace siempre.
En diciembre de ese año le puse a Higo un disfraz de reno y colgué la foto en el chat familiar. Duró justo lo que tardó en encontrar el sofá y frotarse contra el respaldo. Mi cuñado Álvaro fue el primero en reenviarlo sin pedir permiso a nadie, y desde entonces cualquier foto de antes y después pasa primero por él.
Almendra tiene su propio capítulo: el sábado que decidió que el lavabo no era territorio negociable y salió del agua con una sacudida que dejó el espejo, la pared y mi camiseta perdidos. Ese día no terminamos la sesión. Quedó a medias, con una toalla de más y el peine fino todavía enredado en el bigote.
Los domingos, si el fin de semana ha ido bien, busco en Hotmart algún curso corto sobre cortes o cuidado del pelaje. Nada que pida darse de alta como negocio, solo vídeos sueltos para entender por qué algo salió como salió el día anterior. Lo que sé de este tema lo he aprendido así, a base de sábados repetidos y de perros que no siempre colaboran, sin pasar por ninguna clínica, sin un curso oficial acabado y sin pertenecer a ninguna asociación de peluqueros caninos. Cuando algo pinta a problema serio (una oreja que huele distinto, sangre al cortar una uña, una reacción en la piel), quien decide es el veterinario, no mi experiencia de fin de semana.
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